Rocio Harrizon

Tomó el nombre de la hermana, un apodo de revista, atesoró el apellido de una de sus abuelas y trazó un nuevo destino para su vida. Rocío Harrinson Burga (1957 – 2020) llegó a los 65 años en un país que calcula tan solo la mitad de esa cifra como esperanza de vida para las mujeres trans. Ella vivió el doble y lo hizo intensamente, en un país donde su sola existencia es un desafío a la violencia y la muerte.

Nació en Cañete, creció en Carabayllo y, como muchas, salió de casa prematuramente por el rechazo familiar. En Vitarte, salió de la crisálida: tras largas jornadas trabajando sobre tractor en una chacra de Barbadillo – zona ahora conocida por albergar en su penal a cuatro ex presidentes del Perú–, el atardecer marcaba la hora de vivir como quien realmente era: Rocío. Dejó la labor de chacra por los cepillos y las tijeras. Enrumbó desde Vitarte a Huancayo, recobró sus raíces wankas y nació una vez más: allí, se convirtió en una de las damas fundacionales de la comunidad trans que encontró en la chonguinada y la tunantada –danzas tradicionales de la sierra central peruana– una forma de expresar su devoción religiosa y, sobre todo, demostrar en sus barrios que ellas también son hijas de Dios. Una década después, retornó a Lima definitivamente, pero con los mantos, fustanes y el corazón bordado con cultura wanka.

Esa Rocío danzante, devota y llena de vida, que se abrió paso en el mundo una y otra vez, que forjó comunidad, que llevó a sus amigas e hijas trans una y otra vez a bailar a la sierra peruana, es la que está presente en estas fotos. Haciendo cortes de cabello a las amigas, llegando espléndida a fiestas patronales en Los Olivos, comprando con satisfacción un manto nuevo en una bordaduría de Huancayo, pidiendo canciones al animador del concierto, compartiendo ese íntimo momento de colocarse la indumentaria tunantera con alguna amiga antes de salir a danzar frente a la Iglesia de Sapallanga… es así como queremos recordarla. Un beso al cielo, Rocío.